Para no decir adiós a Derek Walcott




Vuelves a casa y lees la noticia, y otra vez, una vez más, entras lento en la alucinación de la realidad, y recuerdas su voz en el Istituto Svizzero, ese oleaje manso que transportaba chozas esquinadas, cuero rajado, una tumba bajo el sol cubierta por la hojarasca y las hormigas, un despertar de látigos viejos en el inglés, y también lo que nos pertenece a todos y él hizo suyo, la voz de Brodsky, el contrabando de la historia, el rumor del Egeo y la nieve en Chicago, con aquella “ventisca de coca celestial que calma los guetos”, los pasadizos de un siglo, aquella verdad que podía tensarse en la juventud del sol, aquella mentira que me salvaba del mundo.

Su poesía nació para ser la voz de los hijos de los esclavos, para auscultar la paradoja de escribir en la lengua de los amos, y a la vez para no quedarse detenida en esas dos perplejidades.

Vuelve ahora a la memoria una de las ideas recurrentes de Walcott en sus ensayos: la poesía como la gracia del esfuerzo. El hombre que trabaja la madera, caoba y sudor, perro anónimo lo llamaba (y no sé si recuerdo o invento), curvado hacia la tierra, tierra él mismo, el hombre que se concentra y calla, y le entrega una voz a la madera. Así también el pescador, así el que canta, así la isla misma. Solo la gracia del esfuerzo.

Hay en toda la poesía de Walcott un deseo de entenderse con el mundo en su ternura y en su horror, con una mezcla de espanto y de caricia, como si la historia le aturdiera y la naturaleza le obligara al perdón. “Un viento espeluznante sopla desde mi infancia metodista”, un viento que volverá esta noche para cantar un réquiem.

Dijo de Frost que era un admirable abedul retorcido, y que no había nada que perdonarle a su poesía. Aprendió en él que el dolor no debe romper el poema. Amó y despreció a Naipaul. Fue espléndido con Brodsky, y no sin razón. Entendió a Larkin, del que tantas cosas le alejaban. Pensó la poesía de los otros como quien busca una tierra habitable, como quien aspira al paisaje de una ventana cuando todos prefieren las escaleras de emergencia. 

 Un verso suyo me persigue: “Cada palabra que he escrito tomó la senda que no era”. El poema se tramó con errores, con las serpentinas pisoteadas de la realidad, con la invasión del verano en la madera podrida de los días. Esa conciencia de la caída, de la irremediable quebradura del tejado, del idioma, de la ciudad y del poema mismo, esa conciencia es la que me llevo, calle abajo, como una sonrisa.



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