Notas de un agnóstico sobre Tomás de Aquino


Lo primero que sorprende de la obra de Tomás de Aquino es su capacidad para santificar el pensamiento de Aristóteles. De tal forma y con tal éxito lo hizo Aquino, que el autor de la Ética a Nicómaco se convirtió durante siglos en una especie de Padre de la Iglesia sotto voce. Me gusta pensar que esa es la razón por la que Aquino terminó siendo canonizado. Una razón que tiene algo de milagro de la persuasión, pues conseguir que un pagano, un idólatra, un hijo de la razón, fuera visto por millones de fervorosos católicos como un líder espiritual, como un sabio, y no como un hereje, no puede ser otra cosa que un milagro de la retórica.

Desde un punto de vista histórico resulta muy extraña esa santificación de Aristótel
es.

La Iglesia, nadie lo ignora, fue platónica, y cuando dejó de serlo, fue neoplatónica. Agustín de Hipona y Pseudo Dionisio convirtieron la doctrina de Plotino en las firmes convicciones de
una fe revelada. En el siglo IX el heterodoxo irlandés Juan Escoto escribió Sobre la división de la Naturaleza, un libro de clara raíz neoplatónica que se empeñaba en negar muchas de las teorías aristotélicas. Juan Escoto fue el pensador más original de su siglo, pero su libro resultó estar lleno de herejías, de panteísmos y de filosofía. A nadie debe extrañar que en el año 1225 el papa Honorio III condenara su libro y ordenara la quema de sus ejemplares. Pero lo que importa para nuestro caso, es que incluso un hereje como Juan Escoto era inevitablemente neoplatónico, al igual que todos los ortodoxos de su tiempo.

Tomás de Aquino cambia eso con sus habilidades de prestidigitador.


El único precedente sólido que tenía Aquino, no en sus intenciones pero sí en su fervor aristotélico, era un cordobés llamado Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd, más conocido entre los cristianos como Averroes. Un precedente poco recomendable para un dominico del siglo XIII.


En la imagen está Averroes algo compungido, pensando por qué Tomás de Aquino, que utilizó muchas de sus conclusiones, no fue capaz de reconocerle ninguna. Y así lleva unos siglos el hombre.

Una de las bases del tomismo es la demostración de la existencia de Dios tomando de Aristóteles el argumento del motor inmóvil. En Aristóteles ese argumento desemboca en la existencia de numerosos dioses, alrededor de cincuenta, pero a Tomás de Aquino sólo le interesa uno.


Aquino sitúa a Dios fuera del tiempo, como un ser invariable, como motor inmóvil (es decir “un ser necesario, y en tanto que necesario, es el bien, y por consiguiente un principio”, según la Metafísica de Aristóteles, XII, 7), un ser conocedor de todo, incluso de lo trivial, de la vida de cada hormiga y de los pensamientos de cada ser humano, conocedor del bien y del mal, un ser que es a la vez la Voluntad y el Fin.


Como agnóstico uno tiene poco que matizar ante esa construcción imaginaria y llena de perfecciones con que Aquino adorna a Dios. Me interesan más las proposiciones que cambiaron los hábitos y la historia de la Iglesia, y por tanto de millones de personas.

Entre todas me sorprende una.


Es conocido que en buena parte de la Edad Media, a medida que aumentaba el poder de la Iglesia, el clero se fue corrompiendo hasta alcanzar un grado que permitió a Boccaccio escribir sátiras protagonizadas por monjes, abades y clérigos, sin caer nunca en la exageración. Uno de los problemas de ser un min
istro de Dios y a la vez vivir en pecado mortal, era que todos los actos consagrados por estos ministros podían ser anulados. Eso significaba que en el siglo XII, por ejemplo, los matrimonios y los bautizos realizados por un sacerdote impío dejaban de tener efecto, y los casados se veían un día solteros y los bautizados viviendo con el peso del pecado original. Esto era un problema para la Iglesia. Pero el sabio Tomás de Aquino lo solucionó separando el acto del hombre, y estableciendo que los sacramentos son dignos aunque el ministro sea indigno. A la Iglesia le encantó la idea.


Tomás de Aquino es el gran simulador de la filosofía. Nadie rebate su escrupuloso conocimiento de Aristóteles, su erudición, su agudeza verbal y la sinceridad de su fe, lo que no podemos aceptar es su simulación del método de investigación filosófico. Para todo filósofo, desde Sócrates hasta hoy, la conclusión de su investigación es desconocida, y por naturaleza ignora esa conclusión. Aquino simula ese método, pero nunca lo ejerce. Expone el argumento que va a rebatir, luego lo rebate con maestría, pero siempre concluye apoyando una visión ortodoxa. Todos sabemos que la conclusión estaba aceptada de antemano.

Si Aquino hubiera seguido sus reflexiones sin la pretensión de coincidir con unas creencias establecidas, su talento hoy nos sería más útil, también su valor.

En su momento fue la personificación del teólogo innovador. Desde hace siglos es el representante de la Verdad.



La isla del fin del mundo



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Escapo cuatro días a Fuerteventura aprovechando el puente. Somos cinco los que viajamos, todos viejos amigos.

De Fuerteventura uno sólo conocía Corralejo, cuando estuvo por aquí hace dos años participando en una semana literaria. Es un pueblo pesquero transformado en una sucursal plastificada e inane de pueblo turístico, vacío de carácter, cómodo e indistinto. Uno sabe que está en un lugar llamado Corralejo porque lo dice el mapa y los souvenirs, pero podría estar en otra isla o país y todo sería igual: los mismos restaurantes de menú internacional y fotos que amarillean en los carteles, los mismos bazares donde es posible comprar cualquier cosa, desde un molusco que canta hasta una jirafa flotador, bares donde el mayor reclamo es un partido de fútbol inglés o un cantante desafinado.

Por la tarde vamos a El Cotillo, otro pueblo construido alrededor de un embarcadero. La zona es famosa por sus playas, pero el día está a punto de caer y un viento frío que peina la llanura y se riza en el mar no anima a bañarse.

Paseamos lejos del pueblo y cerca del mar, en una zona de arena tan blanca que cualquiera diría que es nieve. Nos sacamos unas fotos de grupo en las que parece que estuviéramos en zona de alta montaña. La marea baja deja a la vista inmensos charcos donde las cabelleras de las algas y los cristales de sal se adormecen sobre las rocas húmedas. Quizá por primera vez se me revela la belleza de esta isla, su cuerpo desnudo y desierto, donde la vida tiene la apariencia de un sueño. En estas llanuras que el viento trama apenas sobrevive el matorral espinoso, las aulagas y algún cardón solitario. Aquí no es posible otra vida. Esas plantas han aprendido durante siglos a aferrarse a la tierra, y el viento nada puede contra ellas.

El sol es aquí el dueño y señor, el verdadero terrateniente, el dictador, y no es extraño ver un cactus reseco y moribundo, incapaz de sobrevivir en estas soledades.

Hace no muchas décadas la sed y el hambre, que ahora no existen, dictaban también sus leyes, y las pocas personas que habitaban esta isla se aferraban a la vida tomando la misma actitud que estas plantas, inventando una sobriedad extrema, resistiéndolo todo con una paciencia inhumana.

Al día siguiente, camino del sur de la isla, nos detenemos en la Casa de los Coroneles, en La Oliva. El pueblo es poco más que la reunión de una iglesia, un ayuntamiento, un parque, una casa de socorro y una diminuta urbanización, todo en mitad de una llanura donde el tiempo se ha detenido, donde uno siente que allí nunca ocurrió nada, excepto un silencio interrumpido sólo por el viento, un silencio que nace de la tierra reseca y de las piedras, un silencio que tiene los matices de una alucinación.


No muy lejos está la Casa de los Coroneles, restaurada de tal forma que sus tres siglos de historia han sido maquillados para la ocasión, y ahora tenemos la posibilidad de admirar un museo de historia dentro de un inmenso caserón sin historia. Es como si alguien hubiera querido borrar el paso del tiempo, sus cicatrices, y nos quisiera vender a cambio un brillante espejismo, barnizado y enfoscado para la ocasión, un espejismo que no vale nada porque no tiene significado, y no tiene significado por el tiempo que dice sustentar ha sido aniquilado.
Frente a la Casa de los Coroneles hay un patio de armas, y a su alrededor están las casas de los sirvientes, los almacenes, las caballerizas y los aljibes, construcciones que nadie ha querido restaurar y que ahora son vertederos improvisados donde las ratas y los desperdicios que dejan los turistas se mezclan con el sol de mediodía.


Así funcionan por aquí las cosas. Aunque el verbo funcionar quizá sea demasiado optimista.
El objetivo del día era llegar a la península de Jandía, en concreto a la playa de Cofete. Después de recorrer toda la isla de norte a sur en una hora de viaje, hay que hacer otra hora de camino por pistas de tierra para llegar hasta esa playa. Esa pista de tierra atraviesa un malpaís cuya monotonía tiene algo de pesadilla, porque tras cada curva tienes la sensación de estar en el mismo lugar, de no avanzar, de dar vueltas en un laberinto circular y sin salida.

Nos habían dicho que en mitad de la nada, en la ladera de una montaña, frente a la playa de Cofete, había una mansión construida por un alemán antes de la Segunda Guerra Mundial. Era verdad, y nosotros nos acercamos a la mansión para curiosear un poco. Ver esa construcción vanidosa y esbelta en mitad de un paisaje desértico, donde sólo las cabras, los lagartos y los insectos están capacitados para sobrevivir, es algo demencial y hermoso a la vez. Rodeamos la mansión y vemos ventanas rotas y puertas tapiadas con bloques de cemento. La casa está en ruinas, guardada por un par de vigilantes y cerrada al público.

Es la mansión del que fuera propietario de toda esta península hasta los años setenta, Gustav Winter, un ingeniero alemán que supo enriquecerse en esta tierra donde lo natural era morirse de hambre. Decenas de majoreros trabajaron durante décadas a sus órdenes, dedicados a la ganadería y la agricultura. Gustav Winter nunca vivió en esa mansión, tampoco su familia, pero a su alrededor se han levantado leyendas, más o menos inverosímiles, para justificar su aparatosa e insólita presencia en este lugar donde ahora viven media docena de personas, donde la electricidad y el agua no llega, este lugar que es como el fin del mundo, una tierra que mira al océano, al cielo y al sol, y que hace una interminable y abrumadora pregunta cuya respuesta es imposible.
Una de esas leyendas asegura que esa mansión, conocida como Villa Winter, era un refugio para soldados nazis, también que desde allí la familia Winter-Althaus ofrecía su ayuda a los submarinos alemanes que se acercaban a la zona. Ya digo que estas leyendas son juegos a los que se presta la enigmática presencia de esta casa señorial, una casa que es como un perpetuo soldado uniformado, firme y orgulloso de sí mismo, que vigila las puertas invisibles del vacío.
Por la noche, de vuelta en Corralejo, acabamos en un restaurante mejicano y nos bebemos dos litros de margarita entre cuatro. Como ninguno es bebedor, nos ponemos más alegres de lo habitual, lo cual siempre viene bien, y durante unas horas, agotados pero felices, nos reímos de nuestras sombras y del mundo. El alcohol y el humor nos sirven para conjurar el miedo, para olvidar todo lo que somos, para abandonar durantes unas horas ese infierno que nos persigue día y noche.

La tarde del lunes decidimos ir a Betancuria. La fama señorial del pueblo es sin duda más extensa y cierta que su breve realidad. La Iglesia de Santa María está cerrada, así que debemos conformarnos con dar vueltas a su alrededor, intentado adivinar qué elementos sobrevivieron a los piratas berberiscos que destruyeron el templo en el siglo XVII. Betancuria es el único lugar de la isla donde sientes que hay un pasado, que antes de que llegara el turismo y el dinero existió otra Fuerteventura, quizá no mejor, pero seguramente más acogedora.


También nos detenemos en Pájara, que a esas horas tiene el aspecto de un pueblo fantasma. No nos encontramos a nadie por la calle, ni una sola persona, ni un fantasma borracho, sólo un perro melancólico y cariñoso que se dejaba acariciar. Leo un cartel que pone: “Centro Cultural”, y allí voy, como esos niños que creen que los carteles son una indicación certera, el avance de una realidad indiscutible. El Centro Cultural resulta ser poco más que un bar sin parroquianos, donde una camarera ojerosa seca vasos de cristal mientras ve la televisión. La agenda cultural del centro es rotunda e invariable, y se limita a dos actos semanales: “Se sirve chocolate los sábados y los domingos”. Eso podía leerse en una pizarra montada sobre un caballete a la entrada del Centro.


Los grandes templos de la cultura occidental deberían copiar y transmitir esa capacidad sobrehumana que tienen en el Centro Cultural de Pájara para extraer la esencia de nuestra época. Un bar, un televisor, una camarera taciturna. Y Chocolate, mucho chocolate caliente cada fin de semana. Nada de bienales de fotografía, nada de retrospectivas neo-dadá, nada de instalaciones subversivas o videocreaciones, nada de silencios minimales, nada de escultores mesiánicos, nada de filósofos perdidos en divagaciones espumosas, nada de escritores malditos, sólo chocolate. Chocolate caliente.

Por la noche paseamos por Puerto del Rosario, la capital de la isla, que nos recibe en silencio, herida por las obras, como el decorado de una obra que fue representada ayer o que se representará mañana, pero que nosotros nunca podremos ver. Cuando entramos en el nuevo centro comercial descubrimos que allí están reunidos todos los actores que echábamos de menos en el resto de la ciudad.


El último día, cansados y sin mucho tiempo (ese tiempo que a los cinco nos encanta perder, siempre que lo perdamos juntos) vamos a Caleta de Fuste, otra sucursal turística de Fuerteventura. Durante horas paseamos frente a la playa, sacando fotos absurdas (que son las mejores) y riéndonos de todo lo que se nos ocurrió, pero siempre empezando por nosotros mismos.

La ironía es la que nos salva y nos permite ser amigos. Quizá porque esa ironía es una forma de libertad. Sin ella estaríamos perdidos, dando patéticas vueltas alrededor de cada ofensa, de cada vulgaridad, de cada tristeza. Esas vueltas nos las ahorramos riéndonos de esa persona que nos mira cada mañana desde el espejo.
Por eso nos reunimos de vez en cuando, como niños viejos que se conjuran para salvarse entre ellos, para curarse las heridas, para seguir resistiendo.


Mendigo


Somos árboles plantados por un dios que necesita descansar de sí mismo, somos todas las preguntas de Vikram Babu, somos la pantera y la pulga y el búfalo, y nuestro es el cuerpo desnudo que resplandece y que nadie puede apagar.

Todo eso puedes ser leyendo Mendigo de Jesús Aguado.

Hay muchos poetas dentro de ese poeta llamado Jesús Aguado: el poeta irónico, acaso menor, entretenido en clasificar amores, el poeta reflexivo y metafórico, el poeta erótico, el angustiado reseñador de pesadillas o el poeta celebratorio, que es capaz de encontrar en cada objeto y animal una excusa suficiente, un símbolo del mundo.

No siempre acierta Aguado, no siempre está de cuerpo entero en el poema, pero es fácil perdonar esas ausencias cuando se nos ofrece tanto.

Este libro esconde un poema en forma de cebo arrojado al cielo de una boca, “que es el único cielo que conozco”, aquí los monos crean hilos entre un árbol y un templo, entre un hombre y su reflejo, aquí los perros nos enseñan a matar a la muerte y los niños nos observan sin condena y sin perdón. En este libro puedes aprender la sabiduría del cascabel, que ignora las castas y los oficios, que suena igual para todos, puedes sostener la mirada del tigre y escuchar la voz de Basavanna, y puedes ver al poeta que quisiera dormirse en las manos del tiempo, disolverse en las cosas, ser tierra o ardilla, ser piedra o bambú, para regresar al principio, para ser nadie al fin.

Harmonielehre o el cuarto de atrás


Existe un cuarto de atrás, un trastero invisible, donde voy acumulando cada día todas las cosas que ya nunca seré. Sé que el cuarto está abarrotado de fantasmas, que vivir no es más que irse despidiendo de todo lo que uno fue, hasta que llegue el día en que seamos nosotros los que acabemos en ese cuarto de atrás, entre matihuelos y papeles inútiles, entre sombras que llevan a otras sombras y cuya secuencia no termina.

En ese trastero se acumulan todos los sueños que tuve y que no podré cumplir, y cuando los miro me sonríen burlones como un batallón de niños malvados que conocen todas mis debilidades.


Luis Feria sintió lo mismo y escribió:

Ay, ese niño que me mira fijo:
cómo me juzga por lo que no he sido.


En ese cuarto de atrás están todos los seres que no pude ser, lo que se escapó cuando menos lo esperaba, cada error cuya vergüenza me persigue, cada palabra a destiempo, cada vez que llegué tarde y no había remedio, ese libro que nunca escribiré, el idioma que no me fue otorgado aprender, el don que no me entregó el azar, las manos que no volverán a tocarme y los días que no pueden volver y cuya luz se deshace como el humo.

Pero no hay nada dramático en ese trastero. No es más que un cementerio de fantasmas, un tanatorio del alma.

En realidad hay una armonía oculta en el desorden de ese cuarto, una totalidad asombrosa encerrada en unos pocos metros cuadrados. Allí está todo lo que somos: cada sueño, cada imagen, cada deseo y cada rostro tienen allí su refutación, su negativo, su pérdida y su sombra.

Ese trastero no es lo que sobra, lo que se queda en el camino, lo que no tiene fuerzas, es todo lo que somos, allí acumulado mientras creemos avanzar.

Si hay algo digno en nosotros, algo que merece ser visitado, debe ser ese cuarto de atrás.


Si algún día te acercas a ese cuarto y te sientas allí para contemplar tu vida, si alguna vez te alcanza la tristeza, no hagas caso de ella y sigue el consejo que Alceo nos dejó en un poema, hace apenas unos 2.600 años, aproximadamente.

Bebamos ahora. ¿Para qué esperar
a la noche? Le queda un dedo al día.
Baja las copas grandes decoradas con dibujos
ya que el hijo de Sémele y de Zeus
les dio a los hombres el vino

para que olvidaran la tristeza.
Vierte dos medidas de agua hasta el borde de vino,
y que una copa empuje a la otra.

Aunque también puedes seguir el consejo, no menos antiguo y sabio, de Arquíloco, que decía:

Corazón, si te turban pesares
insoportables, ¡levanta!, resiste al enemigo
ofreciéndole el pecho de frente, y a sus trampas
oponte con firmeza. Si sales vencedor,
disimula, corazón, no te alegres,
y si sales derrotado no te envilezcas llorando.
No dejes que te importen demasiado
la dicha en los éxitos y la pena en el fracaso.


Nadie ignora que Kipling repitió en uno de sus poemas el remedio de Arquíloco.

La vida nos zarandea de un lado para otro, nos empuja al abismo o nos abandona en mitad del desierto. Sólo en el cuarto de atrás, donde todo acaba, donde nadie nos espera, donde no existe el deseo, allí, entre nuestros fantasmas, hay una historia, un espejo, una armonía que le entrega un sentido a toda esta locura.

Ese tipo improcedente

Imagen: Ben Benowski


Estaría bien marcharse, me decía, y miraba al cielo, aquel cielo nocturno e irreal, punteado de estrellas, y el océano a lo lejos le llamaba como un cuerpo desnudo, y sentía el abandono y quería perderse allí, en lo negro y líquido, en la espalda oscura del silencio, donde la luz no llega.

Luego se metía en el coche y conducía durante
horas, sin rumbo ni sentido, como un vagabundo encapsulado. A veces aparcaba en alguna calle mal iluminada, donde nadie pudiera verle, y allí se quedaba mirando a ningún sitio, contemplando el secreto desfigurado de la ciudad, su rostro enfermizo, las aceras vacías que se suceden y repiten como una pregunta angustiosa que nadie quiere responder, las farolas de luz amarillenta que dialogan cada noche con el asfalto en un idioma que nadie quiere traducir, los edificios que no dicen nada, que sólo hablarán cuando se desplomen, cuando esta ciudad no exista y la tierra vuelva a imponerse. Allí, dentro del coche, en silencio, miraba a ningún sitio y lo veía todo.

Tal vez en otro lugar sería posible la vida, me decía, pero aquí no.

No tenía mujer ni hijos, ni parecía tener familia alguna, y acaso yo era su único amigo.

De sus obsesiones hizo una religión y de su autodesprecio una metafísica. Yo le decía: “Estás embarcado en este juego, no aflojes ahora”. Pero él se volvía y miraba al suelo o a lo lejos.

Le fascinaban las fotografías de Billy Monk, el sudafricano que fotografió a los parroquianos del Catacombs Club de Ciudad del Cabo en los años sesenta. En esas fotos, disparadas en mitad de la noche, hay marineros de todo el mundo, prostitutas, travestis, ejecutivos disparatados o comerciantes perdidos, todos borrachos, todos a la deriva. En el ámbito opresivo de aquellas fotos se reconocía.

Imagen: Billy Monk

Decía Pessoa que hay una forma de convertir el sufrimiento en placer, y es extremando ese dolor, agrandando su sombra, para así sentir el exceso, el placer de lo que se derrama y supera su naturaleza. Pero él no conocía ese método, y todo se le quedaba dentro, como quien guarda en el armario de su habitación una bomba de relojería.

Un día me dijo: “Soy ese tipo improcedente al que nadie necesita saludar. Soy el que no tiene un elogio para ti, el que no sabe darte la mano adecuadamente, el que no sabe tratarte como te mereces. Soy el que no entiende, o el que entiende de otra forma, y debe callar lo que intuye para no ser tratado como un loco. Soy innecesario, como todos lo somos. La única diferencia es que yo no encuentro nada que distraiga mi atención. Estoy encerrado en ese lugar al que nadie quiere llegar.”

El espejismo


Partiendo de Gödel, cualquier sistema complejo que intente establecerse sobre axiomas está condenado a contener proposiciones en apariencia verdaderas, pero cuya falsedad o verdad no pueden ser verificadas dentro de ese sistema.

Ese sistema complejo puede ser, por ejemplo, las matemáticas.

Según Gödel es necesario introducir un nuevo axioma, externo al sistema, para confirmar o negar cada proposición. El problema es que cada vez que se introduce un nuevo axioma en el sistema se crean nuevas proposiciones cuya verdad o falsedad no pueden ser demostradas.

Es como si intentáramos saber lo que hay detrás de una puerta cerrada sin abrirla. Utilizamos un aparato (el nuevo axioma) que nos permite resolver nuestra duda, pero ese aparato crea a su vez una nueva puerta. Desconocemos lo que hay detrás de esa nueva puerta, y el aparato no sirve, necesitamos otro.

Esto significa que las matemáticas son “incompletas” por naturaleza. Esa ilógica fundamental no impide que las matemáticas prosigan su camino. Para ello un matemático debe refugiarse en algo esencial, pero poco matemático, el sentido común.

Ese sentido común concede a las matemáticas la posibilidad de ser el fundamento de una parte de nuestra realidad, haciendo que los edificios no se derrumben, los aviones no se caigan y puedan existir procesadores de textos. Aquí la teoría debería colisionar con la práctica, pero la práctica ha decidido ignorar a la teoría.

Algo parecido ocurre con la literatura. No existe ningún fundamento para ella. No hay proposiciones que verificar, ya que como proposiciones carecen de lógica.

En ese sentido la literatura es la noche o el vacío. Sucede, y los lectores respondemos con felicidad o desagrado ante una página, pero no existe ningún método para demostrar nada.

Escribimos un elogio del silencio, una novela apaciguada o violenta, un libro que contiene infinitos libros, un poema sobre el cuerpo deseado o un ensayo sobre las paradojas, pero todo pertenece a un juego sin reglas, a una sucesión de experimentos que no pueden dar resultados objetivos, que para unos son medicina y para otros son veneno.

Me gustaría alcanzar un consuelo, un alivio, pero no existe.

Quizá lo mejor de la literatura es precisamente eso, que se trata de un espejismo. Mientras perdura esa imagen, mientras nos impulsa una sed, todo parece tener sentido.

Esta tarde, por ejemplo, puede ser literatura. Este sol leve que se posa en las aceras está llenando la ciudad de sílabas. Este silencio que sucede ahora y siempre, esos adolescentes en sus bicicletas, la ventana desde la que veo el colegio, este libro de Andrade que me acompaña sobre la mesa, todo es un espejismo y una fiebre. Sucede y no sucede al mismo tiempo.

Será que estoy loco


Era un mitsubishi colt de 1980, marrón metalizado, y para mí, que tenía cuatro años, era una máquina espléndida llegada desde otro universo y conducida por ese astronauta, mi padre. Recuerdo el coche al mediodía, brillante y perfecto, como un león que descansa sobre el asfalto ardiente. Sus ojos me hablaban en un idioma secreto.

Pasaron los años y lo que era una máquina novedosa se volvió una cafetera renqueante y cómica. Tenía más de veinte años y era mi turno para conducirlo, y el cuarteado y oxidado mitsubishi colt de 1980 aún no se rendía. Cada día arrancaba con un carraspeo agónico, como si tuviera un cáncer de pulmón y se negara a aceptarlo.

A veces me dejaba tirado en mitad de una avenida de Santa Cruz, y sus semejantes, todos más jóvenes y más fuertes que él, montaban enseguida un coro de pitadas y de insultos a nuestro alrededor. Entonces me bajaba del coche y lo empujaba hasta el arcén. Luego le preguntaba sin palabras: “Vamos, hombre, ¿por qué me haces esto?” Él no respondía, pero sus faros empolvados me miraban con amargura.

Hubo una época en que no quiso arrancar, pero no me resigné. Lo lanzaba calle abajo y lo arrancaba en cambio, y cuando el motor volvía a latir los dos sonreíamos un instante y el viento en nuestras caras sonreía con nosotros.

Pero llegó su momento. Al principio mi padre y yo nos resistíamos a entregarlo al olvido. Preferíamos venderlo por piezas, regalarlo, cualquier cosa antes que la chatarra. Pero nadie lo quiso, como nadie nos querrá a nosotros cuando llegue la hora.

Una grúa lo llevó en silencio hasta la chatarra como si fuera un coche fúnebre.

Ese mitsubishi colt de 1980 es el símbolo de una parte de mi vida. Allí jugué con amigos que ya no tengo, allí soñé que sería ajedrecista, músico o que me moriría de hambre, hasta que un día me descubrí a mí mismo leyendo y ya no quise parar. Allí dormí solo y acompañado alguna noche.

En ese coche estuvo un día Fabio Montes. Era una tarde de invierno, lo acerqué a su casa y antes de bajarse me dijo sin venir a cuento, como abstraído: “El vaso sobre la mesa me habla. ¿A ti no te hablan los objetos? Será que estoy loco.”

En ese momento no le entendí. Ahora sí. No, no estabas loco Fabio, a mí también me hablan los objetos. Me hablan las copas sin vino, los cartones del mendigo, la asquerosa joya en la oronda muñeca de esa dama, los no zapatos de ese no niño de no sé qué país gobernado por el demonio, la basura que mordisquea una rata en mi calle. Todo me habla, Fabio, y no creo estar loco. Pero quizá estoy equivocado. Quizá no somos más que dos locos que arrastran por este suburbio una verdad demasiado pesada.

Abrir una puerta detrás de Hume



En su Tratado de la naturaleza humana niega Hume la posibilidad de conocer el yo, pues esa idea no se deriva de ninguna impresión. Escribe Hume (lib. I, parte IV, sec. 6): “No puedo atraparme a mí mismo por medio de una percepción.” Y luego añade: “Pero dejando a un lado a algunos metafísicos, puedo aventurarme a afirmar que todos los demás seres humanos no son sino una gavilla o colección de percepciones diferentes, que se suceden entre sí con rapidez inconcebible y están en perpetuo flujo y movimiento.” De esta forma enterró Hume los conceptos de sustancia de los metafísicos y las especulaciones sobre el conocimiento del alma de los teólogos.

En las muchas conversaciones que tuve con Fabio Montes éste aceptaba las conclusiones de Hume, pero a la vez concebía una puerta, una puerta imaginativa, y acaso imaginaria, por la que entrar a un lugar donde explicarnos a nosotros mismos.

Decía Montes que si somos un manojo o colección de percepciones, y esa suma de percepciones, puesto que es cambiante, no puede explicar el yo, quizá sean las percepciones que tenemos de nuestros semejantes, la suma de todas ellas, la que explique y dibuje nuestro rostro.

Esa propuesta tiene algunas implicaciones fabulosas. Implica que sólo podemos conocernos cuando somos capaces de sintetizar el conocimiento que poseemos de los otros. Implica que la palabra semejantes, es un término literal, y que cada persona es todos las personas, y que nuestro yo es universal y común. Implica que para llegar hasta mí tengo que ir por el camino que pasa por ti y por él. Implica también, y quizá ahí se equivoque Montes, que todas nuestras percepciones simples pueden conformar una percepción compleja de la que extraer una conclusión, un dibujo nítido.

No sé si Montes estaba en lo cierto, pero no me desagrada pensar que el único método para entrever lo que soy pasa por comprender a los otros.

El último refugio


Imagen: Ben Benowski



Viven para servir a otros, y rara vez se quejan de su condición. No parecen estar, son casi invisibles, pero sin ellos todo se desmoronaría. Quieren al que nadie quiere, al apestado, al loco, al genio, al insoportable vanidoso, a la hermana neurasténica, al depresivo o al amigo enfermo. Callan y trabajan, y su nombre es cualquier nombre.

Se alegran íntimamente cuando las personas a las que cuidan consiguen algún éxito. Pero no les importa estar detrás, casi se diría que buscan la sombra, ese lugar donde las cámaras no llegan.

Joseph Brodsky conoció alguien así, Nadeyda Mandelstam, y le dedicó la más hermosa de las necrológicas que yo he leído. Está incluida en su libro Menos que uno.

El talento no necesita para nada de la historia, escribió Brodsky. Es cierto, el talento se abre paso contra la historia, incluso contra sí mismo. Lo que no puede soportar nadie, tampoco nadie con talento, es la absoluta soledad moral, la ausencia de un último refugio, de una amistad leal que esté más allá del bien y del mal.

“El estoicismo es el suicidio”, escribió Cesare Pavese en las últimas páginas de su diario. Si el único camino es el saber, el camino es un callejón sin salida. Si todo lo que nos queda es autocontrol, entonces no nos queda nada.

Pavese encontró ese vacío último que está más allá de todos los trabajos de la vida: más allá de la subsistencia, de la autoestima y del deseo. Encontró que no había nadie que creyera en él y dijo basta.

Todo sucede alrededor como en una alucinación: herrumbre, azulviscoso, verdemoho, algas.

Pero si tienes suerte, tendrás alguien que cree en ti y en quien puedes creer. No te hinches entonces, sólo resiste y camina.


Decir Porchia



Sostenía Antonio Porchia que sentimos demasiado, pero que comprendemos poco, y lo decía para contradecirse con alegría una vez más, seguro de que sólo en las contradicciones y las paradojas habita nuestra especie.

Saber es menos importante que comprender, y Porchia se pasó la vida luchando por comprender. Hasta que un día descubrió que uno apenas comprende, y luego escribió con un lápiz: “Quien dice la verdad, casi no dice nada.”

Para los enemigos del aforismo el texto debe explicarse a sí mismo, por eso odian o desprecian esas frases de aire rotundo que les obligan a pensar.

Y eso parece suplicarnos Porchia: piensa un poco a mi lado, siente por aquí, adéntrate conmigo para encontrarte a ti. Porque leyendo sus voces uno sólo puede encontrarse a sí mismo, y de todas las imágenes que puede revelarnos una lectura esa es la que más necesitamos.

Para ganarse la vida Porchia no tuvo un oficio, sino todos los oficios. En una entrevista declaró que el amor le había sucedido dos veces, también que era un lector escaso y desordenado. Quienes le conocieron aseguran que era un hombre ingenuo y sutil a la vez.

Hablaba mientras pensaba que no debía hablar.

La verdad es que Porchia era un poeta que no quería ser un poeta. Quizá porque quien es algo no necesita serlo, lo es contra sí mismo y sin porqué.

En la esquina

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Habitan las esquinas del barrio, el umbral de los bares, las mugrientas escaleras del pabellón, cualquier lugar es bueno para ellos si hace sol y no hay nada que hacer, y si es de noche se cobijan en lugares donde la luz de las farolas agoniza. Desde los catorce o quince años vegetan allí como animales del asfalto, fumando en silencio, y a veces su gramática de humo se riza en el aire mientras sonríen. No parecen tener padres, aunque todos sabemos que los tienen. Es mejor no preguntar por ellos.

Empiezan pronto a ocupar los portales de los edificios y los bares de su calle, pero como son gente fiel y de hábitos ciegos, si vuelves veinte años después al mismo lugar, los que no están en la cárcel, siguen en las mismas esquinas, en idénticos callejones, como viejos reyes desdentados de una nación de sombras.

No esperan nada de la vida, sólo los juegos del trapicheo y de la broma. Sonríen cuando se juntan en un rincón del parque, y parece que son felices. Pero en general son gente amarga, gente que huye sin descanso, y que ha elegido para su fuga el camino más fácil: no moverse del sitio, no hacer nada, sólo matar el tiempo.

Ahora, es la moda, han sumado a sus abandonos el placer de la violencia. De todas las violencias. Insultar, por ejemplo, les motiva, les hace creer que son mucho más de lo que son. Durante unos segundos se sienten unos valientes, quizá porque saben que su escasa biografía no es más que una acumulación de íntimas cobardías. Insultan porque ya no les queda otro placer. También aman las peleas, la fuerza sin habilidad, que es el poder de los que no tienen ningún poder. Tienen su propia jerarquía, hecha de detenciones, de noches en el calabozo, de pequeños robos, de insultos a la policía. Todo eso suma, y les entrega galones invisibles que ellos exhiben entre su gente.

Algunos cambian de vida con los años, quizá se enamoran, y terminan en un trabajo que nunca desearon, acarreando cajas, levantando bloques o sirviendo gasolina. Pero son una excepción, no menos amarga que la regla. Casi todos siguen esperando en el portal del edificio, en la esquina del parque, en ese bar que nunca cierra, siguen esperando y se vuelven ancianos, y el tiempo aún no se acaba. Una mala tarde unos jóvenes se acercan a uno y le llaman viejo, y quieren robarle la cartera, esos jóvenes que son como era él hace cincuenta años, pero en la cartera no hay dinero, ni fotos, ni tarjetas, sólo un documento nacional de identidad que no dice nada.

Stasiuk. La noche. Ladridos.



Stasiuk me lleva hasta una Europa que ignoro, un territorio a la vez descomunal y mugriento: con él atravieso carreteras que van hacia los Cárpatos, hacia pueblos remotos de Polonia, Hungría o Eslovaquia, hacia los establos, los tanques oxidados y las naciones del olvido, hacia la niebla de Tyrawa, hacia valles que ocultan otra época y bares donde los gitanos beben aguardiente de ciruela. La vida va con él, tentadora y embarrada, con su mezcla de porquería y maravilla.

Viajo con Andrzej Stasiuk, con su libro
De camino a Babadag.

Pero me detengo y levanto los ojos del libro: aún estoy aquí, no he conseguido escapar. Voy a la terraza, apoyo las manos en el murete, y ahí está otra vez, como siempre estuvo, esperándome, el mismo barrio achatado con sus farolas de luz amarillenta como altos y encorvados vigilantes. El calor corta la carne blanda de la noche con su navaja invisible. Más allá del barrio veo la autopista, con su perpetuo vaivén de luces blancas y rojas. Es un espectáculo mudo para mí, que estoy demasiado lejos para escuchar su estruendo. Luego viene el océano, sus barrotes invisibles, su oscura nana. Y en mitad del océano, entre las sombras, un diminuto punto de luz marca la posición de un buque mercante, en rumbo quizá hacia los mares del sur.


Sin embargo mis barcos y mis aviones están aquí, a mi alrededor, todos encuadernados y en posición. Sólo ellos me soportan y me entienden. Sólo ellos siguen siendo fieles a mi locura.


No merezco este paisaje porque no sé amarlo sin queja.


Sólo sé que estos perros que ladran en el barrio cada noche también ladran por nosotros. De alguna forma todos ladramos en silencio cada noche con ellos, y todos somos un perro encerrado en la azotea de una casa, y no existe nadie (tampoco los pájaros, los insectos o las personas) que pueda entendernos.


El diagnóstico de Adorno


“A la teoría dialéctica, contraria a todo lo que viene aislado, no le es por eso lícito servirse de aforismos.” Así justificaba Adorno sus Minima moralia, situándose en esa esquina de la filosofía donde la negación y la crítica son el único salvavidas del ser humano.

El aforismo es la brecha que se abre en el casco de las grandes embar
caciones del pensamiento, y Hegel es una sólida embarcación donde el aforismo es sólo un imprevisto, un accidente del futuro. La función del aforismo no es agotar una especulación o sugerir un sistema, sino poner a prueba lo aceptado, quitarle la máscara a un prestigio, mostrar el vacío de lo que parecía lleno o infiltrarse entre las verdades aceptadas con una antorcha en la mano.

No creo que exista otro libro como Minima moralia cuya lectura nos enfrente tan abiertamente a las contradictorias raíces de la sociedad contemporánea.

Su autor despliega un ejercicio de crítica feroz contra una sociedad que parecía destinada a la autodestrucción o a la demencia. Es bueno recordar que esas páginas fueron escritas entre 1944 y 1947, y que en ellas se habla del encantamiento de la ignorancia, de una sociedad que parece complacerse en el analfabetismo moral. Sesenta años después de ese libro la complacencia es parecida, las supuestas soluciones son enfermedades en sí mismas, y las terapias son tan miserables como alarmantes.

Minima moralia es un diagnóstico que no podemos evitar. Que muchas de sus intuiciones las señalara antes Benjamin no le resta poder ni validez a esas páginas.



Adorno siente cómo la intimidad de algunas personas ha sido invadida por la industria, por un sentido comercial que se aplica a todo. El amor y la amistad no están exentos de esa fiebre. Para esas personas todo es un balance, un juego de precios, un aprovecharse del otro, un comerciar con todo, incluso con uno mismo. Lo que Adorno aplica a algunos individuos, hoy es una epidemia, una forma tolerada, natural y respetable de existir.

Su inteligencia no le exime del error y de las opiniones salvajes. Sostiene, por ejemplo, que cuando se dice de un hombre anciano que es un hombre venerable y ecuánime, “hay que suponer que su vida ha consistido en una serie de tropelías.” Tampoco esconde cierto elitismo absurdo que le hace detestar a esos intelectuales fascinados por “el personal de cocina”, que él asocia con una pobreza espiritual.

Más allá de esas caídas, Adorno se nos presente como un Erasmo moderno,
algo menos equilibrado en sus juicios que el holandés, pero igualmente efectivo en su deseo de mostrar la íntima hipocresía que sustenta nuestras vidas, de iluminar las sombras que habían convertido el tren de la razón ilustrada en un tren de la muerte camino de un lager.

Adorno ataca todos los flancos de una sociedad que siente enferma. Nada ni nadie parece estar a salvo de su bisturí. El uso con fines ideológicos de la biografía. El poder, que cuando se siente amenazado en sus privilegios se defiende como un animal herido que debe aniquilar a quien le hostiga. El nuevo avaro, cuya benevolencia es un negocio y cuya amistad es una inversión a corto plazo. La imposible convivencia social, atrapada entre una cortesía helada o un compadreo mezquino. La monstruosidad de la arquitectura funcional. La tecnificación como preludio de la brutalidad totalitaria. La transformación del regalo generoso entre individuos en una caridad planificada por el Estado. La conciencia de que la Segunda Guerra Mundial era a la vez un fin del mundo y el fermento de futuros odios. Y esa ironía envenenada que le hace afirmar que la cultura de su tiempo debería ser psicoanalizada por un economista y no por un seguidor de Freud.


Y es que el psicoanálisis mismo es para Adorno el evangelio de la alegría obligatoria, un evangelio que niega la libertad del individuo a conocer su sufrimiento, y le entrega esa potestad a otro, al nuevo sacerdote, al doctor.

Estas reflexiones de un exiliado muestran cómo se destrozan los logros de la ilustración recurriendo para ello a la versión más grosera del racionalismo. Por eso Adorno se sitúa en los márgenes de la razón, una posición que más tarde detallaría en Dialéctica negativa (1966). Allí explica que las soluciones conciliadoras que propone la dialéctica hegeliana no sirven frente a la realidad, que contradice con meticulosidad cada propuesta.

Tiene que existir una frontera entre los peligros de la razón y el vacío del irracionalismo, un lugar donde pueda habitar la cordura y la crítica. Desde esa frontera escribe Adorno, siempre a la contra, insatisfecho y crudo.

No es difícil estar en ocasiones en desacuerdo con él, pero sería una estupidez no reconocer que su obra es un objeto necesario para entender lo que somos, una obra acaso imprescindible.


Absolución


Durante un segundo, en mitad de una tarde de agosto, el tiempo cesó.

Un silencio sin viento y una luz metálica estaban en el aire y podían ser respirados. Nos acostamos con una idea en la cabeza –el argumento de un relato que no avanza, de una historia circular y reseca–, una idea que da vueltas en el suelo como una mosca moribunda, hasta que se detiene y se vuelve cosa, hasta que se disuelve.

Fuera acecha el sol como un jaguar hambriento, y de él nos protegen, como una celda ilusoria, los barrotes horizontales de la persiana.

Durante unos minutos se nos concede la nada. Es un regalo que no comprendemos, ni siquiera sabemos si es un regalo.

Pero la nada quizá sea el mayor acontecimiento al que puede aspirar un ser humano, porque esa conciencia de la nada implica estar vivos y a la vez estar libres, aunque sólo sea por unos minutos, de los deseos y vértigos de la vida, libres del hambre, de la sed y del miedo.

La nada que me entrega esta tarde de agosto es un regalo que no puedo corresponder. Durante unos minutos me vuelvo lo que veo y lo que respiro, y no hay temor ni alegría en ese silencio, sólo una absolución.

Una absolución que ningún juez ha dictado, pero que todas las cosas anuncian.


Ese humo que sonríe

Imagen: Michael Ging



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El ridículo es una medicina, y todos deberíamos ponernos en ridículo de vez en cuando o hacer el ridículo un buen rato, por fastidiar más que nada. Aunque no es lo mismo ponerse que hacerlo. Ponerse en ridículo implica cierto victimismo, cierto metaridículo (lo digo así para ponerme yo también), como si uno fuera demasiado consciente de su vergüenza pública. Mientras que hacer el ridículo puede ser un acto de ingenuidad, de carácter o de genuina torpeza.

Hacer el ridículo es una medicina y una catarsis. Una persona que ha hecho el ridículo ya puede disponerse a trabajar, puede comer descansado y saludar a sus semejantes. Puede incluso ponerse a escribir poesía, que según Gombrowicz es lo más cerca que puede estar un ser humano del ridículo y del descrédito.

Nadie peor, nadie más ridículo que aquella persona tan empingorotada que nunca ha hecho el ridículo. Con estas personas ocurre algo parecido a lo que afirmaba Nietzsche sobre la paradoja de los humildes. El que se jacta de ser humilde –venía a decir el bigotudo Zaratustra–, se jacta de su virtud, y por tanto es un orgulloso insoportable.

Es decir, alguien que va de serio, que se cree honesto y bueno y humilde, y por creerse todo eso no hace nunca el ridículo. No existe mayor caricatura que una persona perpetuamente seria.

Pienso en los políticos, en sus amaneradas formas, en su retórica gelatinosa, en su incapacidad para entender al rival, para aceptar un fracaso públicamente, para dimitir.

Pienso en los fanáticos religiosos, en su incapacidad para dudar, en su manera de contradecirse, de torturar y asesinar en nombre de la Verdad.

Son pocos los que desconocen que el mundo es un vasto circo, y que muy pronto hay que elegir un papel, un ridículo. ¿Quieres ser el domador eslavo, la contorsionista de ojos rasgados, el payaso Fidelio, el malabarista checo, el mago que hace desaparecer a su diminuta ayudante o la trapecista?

Pero el ridículo también tiene otra cara, la del que se atreve, la del temerario. A veces hay que hacer el ridículo para decir lo que se piensa. Y ahí ya rozamos con el farsante y con el loco, que son sinónimos naturales del escritor.

En un memorable artículo lo explicaba Charles Simic: “No puedo imaginar una sociedad más horrible que aquella donde la risa y la poesía estén prohibidas, donde la insana enajenación de los ricos y los poderosos, así como las hipocresías de los clérigos y los políticos, pasen inadvertidas. En el mundo en que vivimos, la mayor parte de la energía intelectual se gasta protegiendo del ridículo a aquellos que proclaman la verdad eterna.”

Bendito sea Simic y su sonrisa, y ese artículo titulado “Corta la comedia”, que uno leyó en la revista Letras Libres.

Esa es una de las labores esenciales de este juego al que llamamos literatura: no proteger del ridículo a nadie, tampoco a nosotros mismos, tampoco a nuestros amigos o al lector.


Imagen: Ivana Lagartija


Ayer, leyendo la minuciosa y repetitiva biografía que Edmund Williamson le dedica a Borges (Borges. Una vida, se titula), encontré estas palabras que el autor argentino escribió sobre la pasividad y la connivencia de muchos intelectuales durante el peronismo: “¡Tantas atroces y sonrientes efigies, y ni una sola caricatura; tantos interesados panegíricos y ni una sola sátira!

Pronto nos iremos y no quedará nada de nosotros. El juego se está acabando, ¿no lo ves? Dejemos al menos un poco de ironía en el aire, mostremos el ridículo tenaz de este baile de salón donde la vanidad y el poder se pisan sin pudor, se trastabillan y caen. Y luego, fíjate bien, esos dos monigotes se arrastran en busca de algo (una bandera, unos billetes, un Dios verdadero y opresivo), algo que nosotros debemos prender antes de que lleguen ellos, para que arda con placer y muy pronto sea humo.

Ese humo que sonríe en el aire es todo a lo que podemos aspirar.

Tras los pasos de Sohrab Sepehrí



Existe un poema en el que laten las ventanas y dios habita en el agua, en el que un hombre nacido en Kashán quiere refrescar nuestra soledad, un poema que recuerda ese tiempo en el que “todos los policías eran poetas”, que lleva hasta la duda y la íntima libertad, un poema en el que un mendigo pide de puerta en puerta el canto de la alondra, en el que una madre lava un vaso de té en la memoria del río.

Vuelvo a releer el largo poema “Los pasos del agua”, del persa Sohrab Sepehrí, quizá el último poeta cuya lectura me ha devuelto la emoción adolescente del descubrimiento. Eso ocurrió hace dos años, y fue en la exquisita versión de Clara Janés y Ahmad Taherí, publicada en un delgado y suculento volumen titulado Tres poetas persas contemporáneos (Icaria, 2000), que también incluía poemas de Nima Yushij y Ahmad Shamlú. Los tres poetas eran una novedad para mí, pero sólo los versos de Sepehrí me persiguieron hasta alcanzarme.

“Los pasos del agua” es una oración donde todo se celebra: una fuente, una piedra, un árbol o la llanura. Pero también la memoria de su familia y su ciudad, el amor hacia un dios, y la vida que corre por el pensamiento de un hombre que parece escribir a la vez dentro y fuera del tiempo.

Desde lo cotidiano hasta la mística, desde lo biográfico hasta la filosofía, este poema inabarcable crece en la mente del lector como un sol que despierta y nos renueva.

Sepehrí consigue en esos versos ser a la vez ingenuo e irónico, celebratorio y descreído, mágico y cotidiano. Parece cosa de alquimia.



En el poema del persa hay un niño que huele a luna y un siglo encerrado en un verso, el crecimiento de una ciudad y el joven que tira piedras al muro de su colegio, “el asesinato de la pena por orden de un himno”, y un viaje por la historia sin dejar la poesía, y un ritmo de salmodia que nunca agota, y un poeta que se vuelve casa, fruta, taberna o insecto.

Sepehrí nos pide que nos lavemos los ojos y veamos las cosas de otro modo, que lavemos las palabras, no para que alcancen a nombrar a cada objeto, sino para que sean ese objeto.

En ese poema se nos pide que juguemos bajo la lluvia, que nos desnudemos y vayamos hacia el agua.

Habrá que hacerle caso al inolvidable Sepehrí, habrá que jugar bajo la lluvia, y releer de nuevo su poema, y acercarnos al agua, como quien busca sediento una verdad que nos cure.