Como alguien que ya no está



No hay seguridad alguna sobre la realidad que nos rodea, dice una página, y a pesar de eso el camarero es firme, no duda nunca, y sostiene el universo en su bandeja. Su coreografía es también una mecánica. El mundo externo, dirá el buen lector de Hume, no puede ser deducido, es solo una percepción, un hábito asociativo, una enfermedad del ser humano. Por eso el que mira no puede ver, o aún peor, solo ve un vodevil, un retablo de monigotes pintarrajeados y algunos fenómenos que solo nuestra animalidad sabe explicar. 

Quien observa esta calle atravesada por hilos de conversación, este café que anuncia su olvido, este sol de tarde que muerde las curvas metalizadas de los coches, quien observa hoy, ahora mismo, no ve mucho más que aquellos niños que, una noche de otoño de hace tres siglos, observaban los asombrosos dibujos de la linterna mágica en un pueblo de Francia o de Alemania, los lujuriosos demonios, los licántropos, las serpientes de cabeza humana, la sonrisa petrificada de las calaveras, en fin, las dulces fantasmagorías de Robertson. ¿Qué otra cosa es la realidad más que esta alucinación antigua?

Y al final de todas las realidades, como un muñeco incomprensible, ese ser que lleva nuestro nombre, esas ideas que nunca nos cansamos de proteger, ese tipo insoportable que ridículamente quiere tener razón, esa sombra a la que defendemos de sus propias incoherencias y majaderías. No hay mayor desconocido que nosotros mismos.

Como alguien que ya no está, ves tu reflejo en el cristal de la ventana del café, un reflejo que se hunde lento, que desaparece amortiguado, inerte, como si entre la realidad y quien la piensa hubiera siempre una tormenta de arena perpetua.


Imagen: Patrick Joust

Pensamientos despeinados



Evita los Pensamientos despeinados de Stanislaw J. Lec, no sea que un día llegues a descubrir un grosero disimulo en tus palabras, esos bostezos a los que llamas principios, esa honradez tuya de mesita de noche. Respira y aléjate. Lec es un tipo peligroso. No te conviene.
Los aforismos de Lec buscan desesperadamente una escalera que nos permita saltar el muro, esa frontera de hormigón que a fuerza de ver todos los días no somos capaces de percibir, que acaso sea invisible porque hace demasiados años que está delante de nosotros como una presencia sólida, vulgar, inevitable. La costumbre lo ha convertido en una parte más de nuestro paisaje: algo que no debemos evitar o destruir, que solo cierra la realidad, que pone un límite, tan confortable a veces. Existe quien quisiera vivir siempre junto a ese muro, cerca de esa retórica que se repite como una cantinela mortecina, acunados por eslóganes huecos y lemas en los que nadie creyó nunca.
Lec quiere fastidiarnos el día y nos invita a mirar lo que hay detrás del muro, lo que temíamos ver, lo inconcebible. Ese muro es múltiple, y Lec nos invita a saltarlos todos: a reconocer que ciertas humillaciones pueden ser nuestro mejor maestro; nos propone  entrever la mezquindad de cada uno, la íntima, esa que nunca reconoces ante los demás; te explica cómo tus supuestas transgresiones solo son juegos de niños, trucos de zangolotinos empeñados en quemar el infierno; defiende un humor que no necesita explicaciones, donde debes entrar y fundar tu casa, porque afuera solo quedan seriedades abúlicas, leyes que flotan como cadáveres, liturgias de bolonio; nos incita a vernos descentrados en la fotografía, porque ser el protagonista de la gran aventura puede significar que también eres el solemne recolector de atrocidades en nombre de un amasijo de mitos y símbolos.
            Leer a Lec no te conviene. Quédate tranquilo. No dejes que nada te dañe. Duerme. Respira. Repite el ciclo. La noche no puede tardar.


El astillero




Como la descripción de un hundimiento va descubriendo Onetti al protagonista de esta novela, el escamoso, opaco, disimulado Larsen, y una procesión de adjetivos salen a la calle de la página para ennegrecer su estrategia y pintar la ciudad esclerótica de Santa María, el negocio sin futuro, los otros personajes que deambulan como matihuelos empujados por el viento, tranquilos en su inercia.
Onetti no engaña a su lector desde la primera página: el ritmo de su prosa será obeso, lleno de matices de coleccionista y cargado de insistencias, como si arrastrara en cada párrafo la necesidad de ser definitivo e inapelable. Un párrafo, dos o media docena soportan esa naturaleza, pero no cada página de una novela. No sin cierta voluntad de exceso. Esa es su grandeza y su manía.
            Para quienes vemos el mundo con la misma luz borracha que nos presenta Onetti, su desmesura es también una forma de la coherencia. Sus descripciones nos envuelven como una cosa física y no llevan hasta la realidad por un pasillo que es siempre reflexivo. La prisa no cabe aquí. Su idioma es pleno pero no enjoyado, turbia la mirada y algo ronca la voz, volcado en cada oración hacia la intuición psicológica, las dobleces y fugas del pensamiento.
            Su mundo es el nuestro aún, y aunque El astillero sea un regalo del año 1961, la literatura que necesitamos es siempre ahora y sin descanso. Esa postura no es indescifrable: el carácter fatigoso y endeble del protagonista, sus temores y vaivenes, su trabajo sin vocación y su desasosiego, todavía nos pertenecen, y acaso no hay lector que no pueda ser Larsen y reflejarse en el espejo sucio donde nos pide Onetti que nos miremos.

La noche en el zoológico




Caballos varados en una habitación de hotel, hipopótamos con agendas urgentes y seguro dental y barbados psicoanalistas de silencios bien calculados, escarabajos que flotan en una piscina nocturna, entre su desesperación y un gin tonic, cernícalos que rellenan formularios y estudian idiomas asombrosos, tortugas que corren hacia la felicidad, búfalos que dormitan ante el ojo cirrótico de un televisor apagado, serpientes que se entrenan para domesticar su veneno, jóvenes ciervos dispuestos para el soborno, gallos de prosa seminal, delfines que se barnizan el prestigio en el océano de un aula, papagayos perdidos dentro de sí mismos, hienas que nos explican los pasadizos de la ética, moscas atrapadas en el vientre de un atasco, heroicos microbios condecorados, nematelmintos que soportan una refinada educación que no impedirá que parasiten a su anfitrión, cerdos que han comprendido los límites de su voluntad, tiburones cuya buena conciencia nos enternece a todos.

            Larga, interminable es la noche en el zoológico.



Imagen: Bruno Schulz